lunes, 10 de agosto de 2015

Creciendo con la adversidad: la resiliencia

Resi-¿qué? ¿Qué es este concepto tan raro? Más allá del nombrecito, esta capacidad engloba aspectos muy interesantes para trabajar con nuestros peques.

Por dar una idea general, digamos que la resiliencia habla de salir fortalecido de situaciones adversas. Todos hemos observado que hay niños que logran superar mejor los problemas que otros ¿Dónde está la diferencia? ¿Qué herramientas tienen? ¿Porqué algunos logran transformar lo negativo en un crecimiento? Trabajar la resiliencia en los niños es tarea de los adultos, que somos los que tenemos la responsabilidad de protegerles, proporcionarles afecto, confianza e independencia.

Si queremos darle un sentido más amplio, podemos decir que la resiliencia es la capacidad de llegar a desarrollar un estilo vital que nos permita afrontar las dificultades con positividad, aprendiendo a crecer de lo negativo. Tenemos muchos ejemplos de personas resilientes, como Ana Frank, o Víctor E. Frankl:

“Si no está en tus manos cambiar una situación que te produce dolor, siempre podrás escoger la actitud con que afrontes ese sufrimiento”

(El hombre en busca de sentido, Víctor E. Frankl)

Pero esto no solo no es fácil... ¡ es muy difícil ¡ Un concepto que nunca se alcanza de forma absoluta y necesitamos estar continuamente trabajando ya que siempre estamos interaccionando con el entorno. Ni que decir tiene que es un aspecto que tenemos que trabajar en nosotros día a día, pero aquí como siempre vamos a centrarnos en nuestros cachorrillos.




¿Cuál es el perfil de un niño resiliente? ¿Qué aspectos debemos trabajar?

Podríamos decir que un niño resiliente tendría características como competencia social, capacidad de resolución del problemas, autonomía, etc, cada una de las cuales englobaría a su vez varios aspectos. La resiliencia crecerá trabajando cada uno de ellos por separado y haciendo verbalizaciones adecuadas.

Grotberg (1995) ha creado un modelo donde es posible caracterizar a un niño resiliente a través de la posesión de condiciones agrupadas en torno a tres patas principales: “Yo tengo”, “Yo soy”, y “Yo puedo”.

“Yo tengo” nos habla del apoyo externo, “Yo soy” nos habla de nuestra fuerza interior, y “Yo puedo” hace referencia a las capacidades interpersonales y resolución de conflictos.

¡Vamos a atribuir súper-poderes a nuestros niños! Dependiendo de cómo yo interprete el mundo, actuaré frente a lo que me viene. Son múltiples y variadas

La resiliencia sería el resultado de la interacción de los tres factores en sus múltiples formas.

Para trabajar con los niños, yo empezaría por dos aspectos clave:

-         Que los niños entiendan qué es la resiliencia (¡no, no hace falta que se aprendan la palabra!)
-         Que los niños utilicen las tres verbalizaciones a la hora de enfrentarse con una adversidad (yo tengo, yo soy, yo puedo).

Vamos a poner un ejemplo:

Mi hijo (Mayor) lleva gafas. Hace poco hubo que cambiarle los cristales (más graduación) y lo primero que pensó es que en el colegio se iban a reír de él. Desde el momento en que una idea le hace daño podemos empezar a trabajar (¡tan real es el daño de verdad como el imaginario!). Y comenzamos enfrentando la adversidad con verbalizaciones adecuadas:

Yo tengo: amigos que me quieren y siempre da igual como esté mi pelo, mi ropa o si llevo gafas o no. Una familia que quiere lo mejor para mí y me compra las gafas para que vea bien y no me duela la cabeza.

Yo soy: la misma persona lleve gafas o no. Me siguen gustando los mismos juegos, sigo siendo buena persona y soy igual de inteligente.

Yo puedo: ejercer mi derecho a que nadie me critique por llevar gafas. Pedir opinión a mis padres de qué gafas me quedan mejor. Quitarme las gafas a ratitos para ir al patio. Decirle a mis padres si estoy preocupado por cualquier cosa relacionada con llevar las gafas.

La resiliencia crecerá con cada verbalización adecuada. Esto es aplicable a niños más pequeños, con matices, puesto que con los niños pequeños generaremos nosotros las verbalizaciones.

Si un niño pequeño tiene una rabieta porque quiere un juguete... genera resiliencia llevárselo aparte y explicarle de forma calmada que no se le puede comprar, distraerle, ayudarle a comprender los límites de su conducta y ayudarle a hacerse responsable, comunicarse de su conducta. También se fomenta la resiliencia si se reemplaza el juguete por un tiempo de juego con él de calidad.

No se fomenta la resiliencia si se le pega, o se le regaña, si se le quita lo que sea de la mano por la fuerza... una interacción de este tipo hace que el niño tema a la persona que constituye su fuente principal de afecto, que sienta que no le quieren ni le comprenden.

Por último, os dejo un precioso vídeo para enseñar a los niños lo que es la resiliencia.

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jueves, 30 de julio de 2015

Quiero educar niños felices (hablemos de autoestima II)

En el primer post dedicado a la autoestima hablábamos de las cuatro patas en las que se apoyaba (respeto y apoyo, límites, aceptación, y autoconcepto y amor por nosotros mismos), trabajando las dos primeras.

Hoy le toca el turno a las dos segundas, la aceptación y el autoconcepto.



ACEPTACIÓN: como su propio nombre indica, comunicar aceptación a nuestro hijo se traduce en que nuestro hijo tiene que estar seguro de que le queremos tal y como es. Esto, tan evidente... no lo es tanto cuando con nuestros actos, (sin ser conscientes),  transmitimos lo contrario, intentando que nuestro hijo sea como no es, o como no quiere ser, lo que origina conflictos fácilmente evitables.

Creedme, he visto padres que antes del partido le dicen a su hijo que lo importante es participar, y durante el mismo han gritado hasta desgañitarse para que su hijo diera una patada al de al lado y le quitara el balón, diciéndole que tiene que ser más duro ¿?¿?¿?¿?¿?¿? Que alguien me lo explique.

Aceptar a alguien tal y como es, es aceptarle con sus cualidades y defectos, o mejor que defectos, llamémoslas dis / capacidades, o si queréis, con sus cosas buenas y menos buenas. Cada uno es como es. Qué fácil es decirlo. Y tenemos que quererle por lo que es, y sobre todo por lo que NO ES. Porque en función de que lo aceptemos o no, nos relacionaremos con él y le trataremos de una forma u otra.  Además, cuando los niños se sienten aceptados, les será más fácil después sentirse aceptados como miembros de diversos grupos.

Si con nuestros actos transmitimos continuamente a nuestro hijo como debería ser, creamos en su mente un “YO ideal” (irreal, utópico y nunca alcanzable). Cuando el niño compara su YO ideal con su YO real, siempre hay una conciencia de déficit; es decir, siempre cree que debe mejorar. Cuando crea que debe mejorar, pondrá en marcha una estrategia para el cambio.

Pero nunca se consigue alcanzar el Yo ideal, lo único que conseguirá nuestro hijo es autoexigencia y, posiblemente, frustración. Pues como su propio nombre indica, ¡es ideal! (no es real). Por eso, uno de los trabajos más importantes que tenemos los padres por delante es NO hacer pasar la autoestima del niño por la valoración de las capacidades que “se supone” debe tener (es decir, no someter al niño a su “YO ideal”, que encima no es suyo, es el que nosotros hemos creado para ellos). La autoestima florece cuando nos deshacemos de la idealización, en todos los sentidos.

Igualmente hay que tener cuidado con hablar de alta autoestima. Tenemos muy claro que no queremos una baja autoestima, pero no lo tenemos tan claro hacia el lado opuesto. La autoestima debe ser óptima, ni baja (asociada a la tristeza) ni alta (asociada a la soberbia). Una autoestima óptima = una aceptación de mi yo verdadero, con lo que tengo /soy /puedo hacer  y SOBRE TODO, con lo que no tengo / no soy/ no puedo hacer. ¿Eso quiere decir que tengo que “conformarme”? (y lo entrecomillo porque conformarse tiene un significado etimológico mucho más bonito que el que le damos ahora, que es más bien despectivo) ¡Por supuesto que no!

¿Y si a mi hijo se le dan mal las matemáticas? ¿tiene que conformarse? Claro que no, siempre puede esforzarse y llegar un poco más lejos cada día, pero sin tratar de alcanzar la perfección, puesto que no es posible y solo le generará ansiedad y pérdida de pasión por lo que hace. Cuando mi hijo me dice “mami, no puedo”, yo siempre le digo a mi hijo, que siempre se puede un poquito más. Y siempre, siempre, puede un poquito más. Porque cuando un niño dice “no puedo”, mamá sabe que tiene todavía muuuuucho potencial para desarrollar... ¿a que sí?

Que no tengamos (o así lo pensemos) cierta capacidad no quiere decir que haya que abandonar. Por muy mal que se me dé tocar el piano seguro que si me esfuerzo y soy persistente dentro de un año lo tocaré mucho, muchísimo mejor que ahora. ¿Dónde está la autoestima óptima, entonces? Quizás en saber que nunca voy a ser una virtuosa del piano, pero acepto (este término es mucho más bonito que “me conformo” J) que estoy contenta con cómo lo hago ahora y como mejoro cada día.

Observad los ejemplos que representan Mozart y Beethoven. El primero, un genio innato, el segundo, ¡un trabajador nato! Las partituras del primero, impolutas, las del segundo, llenas de tachones.

Pero lo que es indudable es que nos encontramos con dos genios detrás de los cuales ha habido padres y maestros, amigos o familiares, que influyen... con entusiasmo y pasión en el caso de Mozart! (Beethoven no tuvo tanta suerte...), Porque seguramente si Mozart no hubiera tenido a su padre detrás, o hubiera nacido en una tribu africana, hubiera desarrollado su genialidad más tarde o no la hubiera desarrollado nunca...

Por último, tengamos en cuenta que “aceptación” no quiere decir aceptar todo lo que el niño hace, y venga, ¡ancha es Castilla! Sino que entendemos a nuestro hijo como una persona que está aprendiendo a reaccionar ante diversas situaciones, y que va a experimentar muchas “primeras veces”, desde las más sencillas hasta las más complejas: la primera vez que dormirá toda la noche, la primera vez que beberá solito de su vaso sin derramar el agua, la primera vez que irá al colegio, la primera vez que hablará en público, la primera vez que se quedará solo en casa... La vida está llena de nuevas experiencias apasionantes.

Ahora toca ponerlo en práctica. No está de más recordarle a nuestro hijo de vez en cuando que le queremos tal y como es. Pero, ¿cómo lo enseñamos? Lo primero y no poco importante es decírselo. Esto es muy necesario, pero no basta. Sobre todo porque cuando los niños son pequeños, no interiorizan este tipo de mensajes emocionales con el significado que los adultos le queremos dar. La mejor forma de generar aprendizaje es la manera vivencial así que... ¡vamos a demostrárselo!

Lo última que puse en práctica con mi hijo mayor para trabajar este campo, fue escribirle una carta donde le decía lo mucho que me gusta que sea como es. Aquí podéis ver algunos extractos:

   “Es genial que seas mi hijo... Cuando yo te encargué, tú eras una estrellita llena de luz que me elegiste a mí para ser tu mamá”

   “Yo quería un hijo que fuera exactamente como eres tú: pedí que fueras cariñoso y sensible, divertido y alegre, que te diera un poco de miedo la oscuridad y que te gustara ayudar a los demás. Pedí que llevaras gafas, que te brillaran los ojos y que te gustaran mucho las chuches. ¡Hasta pedí que fueras un poquito despistado! Todo lo que eres, todo, me gusta”

La carta fue una sorpresa para él, porque se la dejé en un sobre cerrado con su nombre, no se lo esperaba, y por el espejo del coche creí ver que hasta soltó alguna lagrimilla jejeje. Me dijo “mami, me he emocionado” ¿Es para comérselo o no? : )



Vamos allá con el cuarto punto.

AUTOCONCEPTO Y AMOR POR NOSOTROS MISMOS: voy a exponer aquí algo que es muy evidente, pero que no por evidente es menos importante... Si nosotros no nos queremos a nosotros mismos, no nos respetamos, o nuestro concepto de nosotros mismos no es positivo... difícilmente vamos a conseguir que la autoestima de nuestro hijo, esa personita pequeña que nos observa constantemente para contrastar su realidad y tomar referencia de cómo se hacen las cosas, sea adecuada.

Las emociones son altamente contagiosas, incluso aunque no haya un vínculo emocional con la otra persona. Es probable que si alguien comienza a reír los que tiene al lado terminen riendo también. Quizás hasta estés sonriendo mientras lees estas palabras... Y cuando vemos sufrimiento ajeno se nos encoge el corazón.

Pues imagina cuando estamos intensamente unidos emocionalmente a la otra persona. ¡Imagina cuando esa persona que ríe o llora es mamá! Los sentimientos se multiplican. Cuanto más pequeños son los niños más se contagian de nuestras emociones, porque un niño pequeñito es más emoción que razón. Los niños aprenden a quererse a sí mismos a través de la mirada de sus padres.

Recordemos que cuando hay un mensaje verbal y otro no verbal que se contradicen, siempre prevalece el mensaje no verbal. Si yo le digo a mi hijo que tiene que estar contento pero mi cara es de resignación, ¿qué mensaje creéis que le llegará? Eso es como cuando tu pareja te pregunta, “¿estás enfadada?” Y tú le dices “nooooooooo, no estoy enfadadaaaaa....” ¿Os suena?  : D

Así que... mamá, papá, aunque hoy no tengáis ganas... ¡sonreíd!

Llegados a este punto ¿por dónde váis a comenzar a trabajar la autoestima? ¡Animaos a contarme vuestras experiencias y plantear vuestras dudas!





martes, 28 de julio de 2015

Quiero educar niños felices (hablemos de autoestima I)

Cuando un niño nace, todo son necesidades vitales. Además de las necesidades básicas, que conocemos perfectamente (alimento, sueño, vestido...), para tener hijos felices es importante tener cubiertas las necesidades emocionales de nuestro hijo (llanto, contacto físico..), ya que en base a ellas se va a ir formando eso, tan misterioso! ...de lo que todo el mundo habla pero pocos trabajan... que llamamos autoestima.

La autoestima conduce a cada persona hasta donde está en este momento, y la llevará hasta donde crea que puede llegar. La autoestima le contará al niño secretos sobre sus recursos y potencialidades y le dará energía y fuerza activa para conseguir sus metas.

Tenemos por lo tanto un concepto complicado de trabajar porque los primeros años depende totalmente del ambiente externo que rodea al niño (no es innato); es decir, los niños aprenden a valorarse en función de las actividades que realizan, las cosas que les decimos... Aquí es donde comienza nuestro, tan importante, papel. Para acompañar al niño en el crecimiento emocionalmente sano hace falta paciencia, constancia y mucho amor.

Nos ocuparemos hoy de la primera parte de la infancia.
                                                     



En nuestra infancia, nos experimentamos a nosotros mismos por medio de los demás, adoptando las actitudes que otros adoptan hacia nosotros. Desde muy pequeño, el niño se ve en otros como en un espejo y acaba acomodándose a lo que otras personas esperan de él. Es decir, actúan en base a nuestras expectativas, que están sujetas a tooooodos nuestros filtros adultos (personales, sociales, educación recibida, entorno próximo...).

La base de nuestro papel como padres para fomentar la autoestima se basa en cuatro grandes pilares: respeto y apoyo, límites, aceptación, y autoconcepto y amor por nosotros mismos. Si os parece vamos a empezar por los dos primeros.

RESPETO Y APOYO: los padres debemos ser en todo momento los guías de nuestros hijos. Si dejamos a los niños escoger, tomar sus propias decisiones, opinar... etc, los resultados de estas acciones serán la propia recompensa para el niño. Pero mientras escoge, deciden, emprenden... estamos ahí, a un ladito, ¡por si nos necesitan! No se trata de dejarles “solos ante el peligro”, sino de darles libertad mientras permanecemos disponibles. Y les apoyaremos se equivoquen o no (más aún si se equivocan), pero ya les hemos dejado escoger.

De esta forma y gradualmente la autoestima va pasando de ser externa a ser interna, y  en el futuro tendremos un adulto que sea capaz de valorarse por sí mismo y no en función de lo externo. Como el niño es un ser en formación, necesita de nosotros. Continuamente.

¿Qué mensajes de apoyo damos a nuestros hijos? A lo largo del día, más de los que creemos. Recordemos que transmitimos información continuamente a través de nuestros actos....

-         Si no les interrumpimos, les estamos diciendo que lo que nos cuentan nos importa.
-         Si les dejamos que hagan algo solos, les estamos diciendo que confiamos en ellos.
-         Si les dejamos escoger, les estamos diciendo que su opinión es tan válida como la nuestra.
-         etc...
  
Si hablamos de LÍMITES, estamos nombrando lo que para los padres está permitido y aceptado y lo que no. Es por ello que en cada casa variarán. Los límites son muy importantes para el niño porque les sirven de GUÍA; sin ellos no puede saber si está actuando bien o no. Los límites por tanto, son flexibles, como nosotros (todos cambiamos con los años y la experiencia) y se van modificando en función de las necesidades familiares.

Si profundizamos en el mecanismo psicológico del niño, entenderemos mejor algunos comportamientos. Los niños poseen mecanismos primitivos de autoafirmación, como son el hacer las cosas de forma autónoma, y la oposición a lo establecido. Es por ello que tienden a saltarse los límites y a probar hasta donde pueden llegar. ¡No nos toman el pelo! Ni nos desafían, no lo hacen adrede... no tienen esa capacidad. Cambiemos la visión para no mermar el desarrollo emocional de nuestros hijos. Estar controlando continuamente el error desarrolla niños inseguros, y crea negatividad hacia uno mismo y hacia la persona controladora.



Ahora viene la parte importante. Todos sabemos que los límites son importantes, ¿dónde está la diferencia entre unas familias y otras? Los límites deben ser pedidos al niño con cariño y firmeza. Y aquí es donde nosotros como padres tenemos que esforzarnos (NO de forma demasiado dura, NO sin cariño, NO sin firmeza). Hasta donde sea posible, negociarlos, y desterrar la idea de que negociar con mi hijo es perder; de esta forma evitaremos las luchas de poder.

En resumen, la mejor manera de cambiar conductas que nos resultan negativas es comenzar el cambio por nosotros y modificar la  manera en que tratamos a nuestro hijo o hija. Cuando papá y mamá muestran más respeto, interés y preocupación hacia el niño, automáticamente éste cambia la manera en la que ACTÚA y se SIENTE.
  
¡Papá, mamá, SÉ AGENTE del cambio! Tú eres el motor principal que impulsa la autoestima de tu hijo, una pequeña personita en nuestras manos es nuestra mayor responsabilidad.




jueves, 23 de julio de 2015

La parte oscura de la crianza


Muchas veces se ha hablado de las sombras de la maternidad. La maternidad son luces y sombras, y quien diga lo contrario miente. No todo es de color de rosa (aunque lo rosa venda más). Es más, esa imagen color de rosa perjudica al resto de mamás, las que somos humanas. 

Las sombras, la parte oscura de la maternidad, la que no se cuenta, por la que nadie te pregunta... genera muchos sentimientos encontrados en las madres. Sentimientos que nos atormentan porque, a su vez, pensamos que si fuéramos buenas madres, no deberíamos sentirlos.


Pero creo que la sombra que más pesa en las madres de hoy en día es el sentimiento de culpa. Comienza cuando una se entera de que está embarazada y creo que ya no te lo desprendes ni con agua caliente.

Si trabajamos, nos sentimos culpables (yo quiero estar más tiempo con mis hijos), si no trabajamos, también (yo quiero otro rol que no sea solo el de mamá).

Si lo llevamos a la guardería nos sentimos culpables (¡pobrecito!), si no les llevamos también (¡dios mío! ¡a ver si no se va a socializar!)

Y no digamos cuando tienes un segundo hijo. La oscuridad total acecha.

Si llevas a tu hijo mayor a la clase de kárate te sientes culpable (porque le quitas la siesta al pequeño). Si no lo llevas te sientes culpable (porque el mayor no tiene la culpa de que su hermano necesite dormir).

Y así eternamente... varias veces al día... 365 días al año. Lo que perjudica seriamente la salud.

Y ahondando en la parte psicológica, podemos decir que la culpabilidad va íntimamente unida a la exigencia. Y digo bien exigencia y no autoexigencia, ya que difícilmente encontrarás una persona exigente consigo misma que no lo sea con los demás. Si además te sientes sometida a prueba constantemente por tu entorno la cosa se agudiza.

Porque llegas a los eventos sociales del mayor (que tiene en una semana más que tú en todo el año ) y escuchas.... “¿pero el pequeño todavía toma teta? qué vicio!” Y tú, que las diez primeras veces intentas justificarte y explicar los beneficios de la lactancia en niños mayores, y que la OMS recomienda que los niños tomen pecho hasta los dos años, y que el pecho no sólo es alimento, que es amor, y que... bla bla bla... a la siguiente, dices “sí, teta, y bocatas de chorizo”. Porque sabes que lo estás haciendo bien, pero ya no lo tienes tan claro.

Para colmo, la sociedad y los medios de comunicación se encargan de mostrar una cara de las madres que no es real. Constantemente vemos por la tele a esas mamás perfectas, que salen del paritorio subidas en unos tacones de 5 cm, cuerpos perfectos y uñas impolutas; además todas paren niños que con un año juegan dócilmente en la arenita de la playa durante las vacaciones estivales familiares. Y llevan vestidos ibicencos, claro.

Tú mientras luchas porque tu pequeño bebé kamikaze no meta la cara en el agua mientras tú intentas poner la sombrilla a la vez que vigilas al mayor que se ha ido a jugar con sus amigos sin decirte adiós. De la ropa ni hablamos...

Mamás, está permitido sentirse culpable, pero también está permitido frustrarse de vez en cuando. Y llorar. Y hacer aflorar las sombras. Y decir que a veces la maternidad es agotadora, y dura, y que te sobrepasa. Y enfadarse de vez en cuando, y tocar el suelo como cuando buceas en la piscina, y coges impulso para subir. A veces no se puede hacer una cosa sin la otra. No pasa nada, somos humanas antes que mamás. A nuestros hijos les da igual si llevamos vestidos ibicencos o tenemos barriguita. No hace falta nada de eso para que sean felices.

Después veremos qué hacemos con esos sentimientos, y cómo nos enfrentamos a ellos. Pero de momento vamos a expresarlos y a formar tribu. Seguro que cerca de ti hay otra mamá que se siente como tú aunque no lo exprese; esto es la vida real. Acércate a ella porque las sombras ya no son tales cuando hay unión en la crianza.

Y la maternidad es maravillosa porque a pesar de todo, sigue habiendo más luces que sombras. Muchas más.


viernes, 8 de mayo de 2015

Emociones a flor de piel

Somos seres afectivos por naturaleza. Tenemos sentimientos y emociones que manejamos y gestionamos como mejor podemos y sabemos. 

Existen cinco emociones básicas, presentes en todas las culturas, y que utilizamos como forma de comunicación social: miedo, sorpresa, aversión, ira, alegría y tristeza. Las expresiones faciales de estas emociones son universales, por ejemplo, existen diferentes grados de manifestar alegría según diferentes expresiones faciales, pero todos sabemos reconocer cuando dicha emoción esta presente.

Lo que está claro es que todas las emociones pasan por el filtro de la percepción, es decir, están sujetas a nuestra interpretación subjetiva, por eso no hay dos reacciones iguales ante un mismo estímulo. Cuanto más mayores nos hacemos, más filtros vamos poniendo. Primero el de papá y mamá. Después el de nuestros profesores. También está el filtro de los amigos, de lo que estudiamos, o del grupo de música al que vamos... Y así sucesivamente. Es por esto que cuanto más pequeño es el niño, menos filtros tiene y más “emocional” es (menos control tiene sobre sus emociones, que son casi todo impulso); también por este motivo los niños se contagian emocionalmente de forma muy sencilla, y esto les lleva también a adquirir “patrones emocionales” (positivos o negativos).

El término inteligencia emocional, hace referencia a la capacidad de reconocer, gestionar y trabajar las propias emociones, para así tener el control sobre nosotros mismos. Afortunadamente, en los últimos años y a raíz del libro de Daniel Goleman, “Inteligencia Emocional” en la década de los 90, se viene hablando mucho de este término, aunque aún queda mucho, muchísimo por trabajar y por concienciar.

¿Qué pasa con las emociones de nuestros hijos? Las emociones se dan en contextos determinados, con personas determinadas, y ante situaciones concretas, no ocurren porque sí, influyen muchísimas variables.. Y aunque son psicológicas, tienen afectación a muchos más niveles: biológico, social, conductual...

Vamos al lío. ¿Qué podemos hacer papá y mamá? La pauta principal, y más importante, es proporcionar a nuestros hijos herramientas para trabajar con las emociones de forma consciente.

Cuando proporciono una herramienta a mi hijo, quizás le funcionará o no, no lo sabemos. Pero no por ello puedo dejar de dársela, es nuestro trabajo como padres dotarles de armas que les ayuden en el día a día para que aprendan, tras la experiencia, a enfrentarse a situaciones de lo más variadas. ¡Y os aseguro que tendrán que hacer frente a todo tipo de situaciones....!

Los niños, cuanto más pequeños, tienen menor control sobre sus emociones, por eso tenemos que ayudarles a que entiendan lo que les pasa, y después a gestionar esas emociones. Pongamos en práctica lo que yo llamo el método RECS: Reflejar, Empatizar, Comprender, Solucionar. Podéis seguir estos cuatro pasos sencillos:

1.- Reflejar sus sentimientos. Esto es, comprobar que entendemos lo que les pasa. El niño nos podrá aclarar si le estamos entendiendo o no, podemos utilizar frases como: “si te he entendido bien quieres decir que... (estás enfadado porque... / te sientes mal porque... / estás triste porque...)”. Los niños pueden sentir una emoción y manifestarla conductualmente con otra. Por ejemplo, niños que sienten tristeza o frustración, y lo demuestran con enfado.

2.- Empatizar con él. Esto implica ponernos en su lugar con su situación, edad y circunstancias. Empatizando mandamos al niño el potente mensaje de que le entendemos y estamos ahí.

3.- Ayudar al niño a que entienda lo que siente, poniendo nombre a esa emoción, e incluso explicándola si es necesario. Si os acabáis de iniciar en el mundo de las emociones podéis ayudaros de muñecos, cuentos o libros.

4.- Por último y no menos importante, ayudar a generar soluciones o alternativas cuando son necesarias . La mayor parte de las veces, a los niños les cuesta mucho esta parte. Ellos solo ven lo concreto, por lo tanto pensar en soluciones un tanto abstractas, sin estar participando de la situación directamente, es algo complicado para ellos. Ofrecer de inicio alguna solución y continuar con un “¿qué te parece? ¿se te ocurre a ti algo más?” .

Trabajar este complejo mundo emocional es clave de éxito. A veces está "mal visto" socialmente ser emocional, pero nada más lejos de la realidad. El problema no es ser emocional, el problema es que no nos ocupamos de trabajar esta parte, y los niños con con alta sensibilidad se topan constantemente con trabas en su entorno. Porque no sé vosotros pero yo, cuando me preguntan qué quiero que sean mis hijos de mayores, respondo “¿yo?, felices...”


jueves, 16 de abril de 2015

Tu lugar en el mundo

Dicen que cuando a Teresa de Calcuta le preguntaban el porqué de tanto sacrificio, habiendo tanta miseria en el mundo, y le decían que el trabajo que ella hacía no arreglaba la pobreza del mundo, ella siempre respondía... "todo lo que yo hago es una gota en el océano, así de pequeño es lo que podemos hacer, y sin embargo, si yo no lo hiciera, al océano le faltaría una gota".

Y qué razón tenía esta buena mujer. Todos ocupamos nuestro lugar en el mundo... un lugar único, individual, personalizable (si esta palabra existe!), y que deja huella. 

Nuestros hijos, más aún. Porque pisan el mundo sin presiones exteriores, sin hacer las cosas por modas. Son naturales, son niños, y dura poco. Por eso debemos acompañarles en este camino siempre al lado, marcando el rumbo a demanda, desde la seguridad que proporcionamos como padres, pero sin aniquilar las funciones de la infancia. Que son muchas! Y sientan la base de todo el desarrollo posterior. Es maravilloso observar el camino que recorren nuestros hijos, y estar ahí en todas sus "primeras veces". 

Es maravilloso observar como un niño en el parque se aleja de mamá y se aventura a explorar, porque se siente seguro sabiendo que mamá está detrás observándole y protegiéndole. Y también es maravilloso el niño que necesita de mamá para explorar porque aún se siente inseguro. En la diversidad está la grandeza. 

Pollito solo tiene un año. Pero ya aventuro que es totalmente diferente a su hermano. Creo que os pasara a la mayoría de las mamas que tenéis dos (o más) niños. Os escucho decir "son la noche y el día". ¡¡¡Afortunadamente!!! Nuevos desafíos que ponen a prueba nuestra capacidad de educar. Por eso ya no sirve aquello de... "Si yo les educo igual!" Si yo educara igual a Vaca y a Pollo os prometo que me saldrían hijos raritos, seguro!

Eduquemos en individualidad, respetando las necesidades de cada uno de nuestros hijos, que seguramente van a ser muy diferentes. A veces , unas más que otras, es difícil repartirse, pero todos sabemos que las mamás tenemos superpoderes. Sólo tenemos que organizarnos! 

Es trabajo nuestro detectar esas necesidades, pero no debemos quedarnos en ellas. Observemos que aspectos queremos educar en nuestros hijos, que irán en función de la escala de valores familiar.  Aún así, me aventuro a proponeros algún aspecto que sienta la base de la felicidad de nuestros hijos, como es la educación emocional.  ¿Trabajamos lo suficiente en ello? Si la respuesta es no... ¡Ya tenemos deberes!