En el primer post dedicado a la autoestima hablábamos de
las cuatro patas en las que se apoyaba (respeto y apoyo, límites, aceptación, y
autoconcepto y amor por nosotros mismos), trabajando las dos primeras.
Hoy le toca el turno a las dos
segundas, la aceptación y el autoconcepto.
ACEPTACIÓN: como su propio nombre
indica, comunicar aceptación a nuestro hijo se traduce en que nuestro hijo
tiene que estar seguro de que le queremos tal y como es. Esto, tan
evidente... no lo es tanto cuando con nuestros actos, (sin ser
conscientes), transmitimos lo
contrario, intentando que nuestro hijo sea como no es, o como no quiere ser, lo
que origina conflictos fácilmente evitables.
Creedme,
he visto padres que antes del partido le dicen a su hijo que lo importante es
participar, y durante el mismo han gritado hasta desgañitarse para que su hijo
diera una patada al de al lado y le quitara el balón, diciéndole que tiene que
ser más duro ¿?¿?¿?¿?¿?¿? Que alguien me lo explique.
Aceptar a alguien tal y como es, es aceptarle con sus
cualidades y defectos, o mejor que defectos, llamémoslas dis / capacidades, o
si queréis, con sus cosas buenas y menos buenas. Cada uno es como es. Qué fácil
es decirlo. Y tenemos que quererle por lo que es, y sobre todo por lo que NO
ES. Porque en función de que lo aceptemos o no, nos relacionaremos con él y
le trataremos de una forma u otra.
Además, cuando los niños se sienten aceptados, les será más fácil
después sentirse aceptados como miembros de diversos grupos.
Si con nuestros actos transmitimos continuamente a nuestro
hijo como debería ser, creamos en su mente un “YO ideal” (irreal,
utópico y nunca alcanzable). Cuando el niño compara su YO ideal con su YO
real, siempre hay una conciencia de déficit; es decir, siempre cree que
debe mejorar. Cuando crea que debe mejorar, pondrá en marcha una estrategia
para el cambio.
Pero nunca se consigue alcanzar el Yo ideal, lo
único que conseguirá nuestro hijo es autoexigencia y, posiblemente,
frustración. Pues como su propio nombre indica, ¡es ideal! (no es real).
Por eso, uno de los trabajos más importantes que tenemos los padres por delante
es NO hacer pasar la autoestima del niño por la valoración de las
capacidades que “se supone” debe tener (es decir, no someter al niño a su “YO
ideal”, que encima no es suyo, es el que nosotros hemos creado para ellos).
La autoestima florece cuando nos deshacemos de la idealización, en todos los
sentidos.
Igualmente hay que tener cuidado con hablar de alta
autoestima. Tenemos muy claro que no queremos una baja autoestima, pero no lo
tenemos tan claro hacia el lado opuesto. La autoestima debe ser óptima, ni baja
(asociada a la tristeza) ni alta (asociada a la soberbia). Una autoestima
óptima = una aceptación de mi yo verdadero, con lo que tengo /soy
/puedo hacer y SOBRE TODO, con lo que
no tengo / no soy/ no puedo hacer. ¿Eso quiere decir que tengo que
“conformarme”? (y lo entrecomillo porque conformarse tiene un significado
etimológico mucho más bonito que el que le damos ahora, que es más bien
despectivo) ¡Por supuesto que no!
¿Y si a mi hijo se le dan mal las matemáticas? ¿tiene que
conformarse? Claro que no, siempre puede esforzarse y llegar un poco más lejos
cada día, pero sin tratar de alcanzar la perfección, puesto que no es posible y
solo le generará ansiedad y pérdida de pasión por lo que hace. Cuando mi hijo
me dice “mami, no puedo”, yo siempre le digo a mi hijo, que siempre se puede
un poquito más. Y siempre, siempre, puede un poquito más. Porque cuando un
niño dice “no puedo”, mamá sabe que tiene todavía muuuuucho potencial para
desarrollar... ¿a que sí?
Que no tengamos (o así lo pensemos) cierta capacidad no
quiere decir que haya que abandonar. Por muy mal que se me dé tocar el piano
seguro que si me esfuerzo y soy persistente dentro de un año lo tocaré mucho,
muchísimo mejor que ahora. ¿Dónde está la autoestima óptima, entonces? Quizás
en saber que nunca voy a ser una virtuosa del piano, pero acepto (este término
es mucho más bonito que “me conformo” J) que estoy contenta
con cómo lo hago ahora y como mejoro cada día.
Observad los ejemplos que representan Mozart y Beethoven.
El primero, un genio innato, el segundo, ¡un trabajador nato! Las partituras
del primero, impolutas, las del segundo, llenas de tachones.
Pero lo que es indudable es que nos encontramos con dos
genios detrás de los cuales ha habido padres y maestros, amigos o familiares,
que influyen... con entusiasmo y pasión en el caso de Mozart! (Beethoven no
tuvo tanta suerte...), Porque seguramente si Mozart no hubiera tenido a su
padre detrás, o hubiera nacido en una tribu africana, hubiera desarrollado su
genialidad más tarde o no la hubiera desarrollado nunca...
Por último, tengamos en cuenta que “aceptación” no quiere
decir aceptar todo lo que el niño hace, y venga, ¡ancha es Castilla! Sino que
entendemos a nuestro hijo como una persona que está aprendiendo a reaccionar
ante diversas situaciones, y que va a experimentar muchas “primeras veces”,
desde las más sencillas hasta las más complejas: la primera vez que dormirá
toda la noche, la primera vez que beberá solito de su vaso sin derramar el
agua, la primera vez que irá al colegio, la primera vez que hablará en público,
la primera vez que se quedará solo en casa... La vida está llena de nuevas experiencias
apasionantes.
Ahora toca ponerlo en práctica. No está de más recordarle
a nuestro hijo de vez en cuando que le queremos tal y como es. Pero, ¿cómo lo
enseñamos? Lo primero y no poco importante es decírselo. Esto es muy necesario,
pero no basta. Sobre todo porque cuando los niños son pequeños, no interiorizan
este tipo de mensajes emocionales con el significado que los adultos le
queremos dar. La mejor forma de generar aprendizaje es la manera vivencial así
que... ¡vamos a demostrárselo!
Lo última que puse en práctica con mi hijo mayor para
trabajar este campo, fue escribirle una carta donde le decía lo mucho que me
gusta que sea como es. Aquí podéis ver algunos extractos:
“Es
genial que seas mi hijo... Cuando yo te encargué, tú eras una estrellita llena
de luz que me elegiste a mí para ser tu mamá”
“Yo
quería un hijo que fuera exactamente como eres tú: pedí que fueras cariñoso y
sensible, divertido y alegre, que te diera un poco de miedo la oscuridad y que
te gustara ayudar a los demás. Pedí que llevaras gafas, que te brillaran los
ojos y que te gustaran mucho las chuches. ¡Hasta pedí que fueras un poquito
despistado! Todo lo que eres, todo, me gusta”
La carta fue una
sorpresa para él, porque se la dejé en un sobre cerrado con su nombre, no se lo
esperaba, y por el espejo del coche creí ver que hasta soltó alguna lagrimilla
jejeje. Me dijo “mami, me he emocionado” ¿Es para comérselo o no? : )
Vamos allá con el
cuarto punto.
AUTOCONCEPTO Y AMOR POR NOSOTROS MISMOS: voy a
exponer aquí algo que es muy evidente, pero que no por evidente es menos
importante... Si nosotros no nos queremos a nosotros mismos, no nos respetamos,
o nuestro concepto de nosotros mismos no es positivo... difícilmente vamos a
conseguir que la autoestima de nuestro hijo, esa personita pequeña que nos
observa constantemente para contrastar su realidad y tomar referencia de cómo
se hacen las cosas, sea adecuada.
Las emociones son altamente contagiosas, incluso
aunque no haya un vínculo emocional con la otra persona. Es probable que si
alguien comienza a reír los que tiene al lado terminen riendo también. Quizás
hasta estés sonriendo mientras lees estas palabras... Y cuando vemos
sufrimiento ajeno se nos encoge el corazón.
Pues imagina cuando estamos intensamente unidos emocionalmente
a la otra persona. ¡Imagina cuando esa persona que ríe o llora es mamá! Los
sentimientos se multiplican. Cuanto más pequeños son los niños más se contagian
de nuestras emociones, porque un niño pequeñito es más emoción que razón. Los
niños aprenden a quererse a sí mismos a través de la mirada de sus padres.
Recordemos que cuando hay un mensaje verbal y otro no
verbal que se contradicen, siempre prevalece el mensaje no verbal. Si yo
le digo a mi hijo que tiene que estar contento pero mi cara es de resignación,
¿qué mensaje creéis que le llegará? Eso es como cuando tu pareja te pregunta,
“¿estás enfadada?” Y tú le dices “nooooooooo, no estoy enfadadaaaaa....” ¿Os
suena? : D
Así que... mamá, papá, aunque hoy no tengáis ganas...
¡sonreíd!
Llegados a este punto ¿por dónde váis a comenzar a
trabajar la autoestima? ¡Animaos a contarme vuestras experiencias y plantear
vuestras dudas!


No hay comentarios:
Publicar un comentario